domingo, 16 de noviembre de 2014

Canciones, silencios, mundos y poemas, el universo en expansión.

No quiero que me expliquen el mundo con dioses invisibles y omnipotentes, me alcanza con sentir que los pelitos del brazo se me erizan por una canción. Por eso odio los dogmas y amo el color de la música, creo en el oxigeno de la poesía y respiro cadenciosamente cuando leo la frase “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”.
El paraíso es un montón de gente con guitarras, un montón de gente con cuadernos, un montón de gente componiendo poemas y canciones, el paraíso es literatura y el infierno un hermoso cuento lleno de llamas.
La eternidad tiene la forma, el aroma y el sabor de los 5 minutos que dura una canción. El tiempo, rígido y de acero, se funde en la fugacidad de una melodía, en el ritmo armonioso de una voz.
¿Si se roban las palabras, el ruido y el sonido, se roban el mundo? No lo creo, el silencio es tan diverso, el silencio es universo.
El silencio que se posa en un oído mientras gotean los relojes, el tiempo fluye, el silencio nunca dice nada y aun así canta hermosas canciones en la soledad de la noche.
La música son fragmentos de sonidos aterrizando en las superficies del silencio. Áspero y rugoso, el silencio se le niega al mundo del bullicio.
Canciones, silencios, mundos y poemas, el universo en expansión. Estrellas que titilan, parpadeantes ojitos de un gigantesco rostro oscuro. La poesía es oscura y misteriosa pero me aclara el alma, me saca de las profundidades y llena mis vacíos de musicalidad espiritual.

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