El tipo que inventó el reloj
inventó también la paranoia, le puso minutos y segundos a nuestro estar en la
vida y en el mundo, nos condenó a una vida de rutinas y activó en nosotros un
mecanismo represor que nos contiene y nos limita. El hombre se volvió
calculador, le otorgó valor a las horas y sentenció que el tiempo es oro. El
tiempo, lejos de ser una ilusión, se volvió una realidad inquietante.
Ese tiempo que es oro nos corrompió
el alma. Los minutos se volvieron tan valiosos que ahora el que los pierde es
casi un delincuente. Por eso nada más transgresor que perderlo. Perder el
tiempo es cometer un delito, es reírle a la cara al sistema y burlarse de la
burocracia del reloj.
Pero ese aparato del demonio que
sincroniza todas las acciones humanas y organiza las tareas a intervalos
regulares puede ser destruido fácilmente. Algunas formas de destrucción del
tiempo son: dormir cuando ya todos están despiertos, levantarse después del
mediodía, tirarse en el sillón y poner la música que te gusta, anular el tic
tac del reloj a guitarrazos, pasar horas leyendo pero sin contar esas horas, que
la ficción de un cuento detenga el mundo y lo desaparezca para imponer el suyo.
También están los que dedican
horas a tratar de entender el mundo. Tiempo perdido, pues casi nunca se entiende
un carajo de nada. Pero es un hermoso tiempo perdido. Después están los que
pierden el tiempo intentando conocerse, otra forma hermosa de aniquilar
minutos. Yo, por ejemplo, puedo pasarme horas indagándome, hablando conmigo
sobre por qué me llegan tan adentro los poemas de Pizarnik o hacerme preguntas del tipo: ¿por qué soy tan
inestable? ¿Por qué un día quiero comerme el mundo y al otro siento que todo
está podridamente perdido?
En fin, recomiendo perder el
tiempo. Aunque piensen (yo también lo pienso) que quizá ésto sólo sea una defensa
de la pereza y el ocio. No me culpen, no me juzguen, por creer que es más
agradable ser un vago tumbado en un sillón, delirando mundos mejores, que
depender de una persona 8 horas, regalándole el 80% de tu día y que la recompensa
sea algo tan abstracto como el dinero, que solo sirve para comer y comprar cosas
materiales que se obsoletizan al mes siguiente.
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