No nos dijimos nada, pero ambos supimos que éramos el uno para el otro. Y es que las miradas hablan más que las palabras. Y ese día nos miramos mucho.
La música cadenciosa de la gestualidad: nuestras manos inquietas, los pies inseguros y movedizos, queriendo escaparnos ante la sorpresa del sentimiento, pero también con ganas de quedarnos para averiguar la veracidad de la experiencia.
A lo lejos una guitarra susurraba palabras de amor. Era una banda de Rock ensayando la canción para la revolución.
El planeta giraba pero nuestras miradas estaban fijas. Sus ojos en mi mirada, mi mirada en sus ojos. El mundo se movía y nosotros nos movíamos con él. Impulsados por la inercia de un latido distinto, por esa novedosa alegría en el pecho, con los corazones al palo, sintiendo todo el peso de la eternidad del instante, inmortalizados en la fugacidad de aquel minuto.
Si el amor quiere devorarnos bienvenido sea. Sé que no dijimos eso, pues no recuerdo que pronunciásemos palabra, pero sentí que esa era nuestra conclusión y entonces nuestros labios impactaron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario